
Conozco sobre diarismo en un periódico desde 1992. Cursaba entonces el primer año de Comunicación Social —pero con buena carga de Periodismo— y junto a los compañeros de aula frecuentaba la redacción del Sierra Maestra, en Santiago de Cuba. Íbamos cautivados por tanto olor a tinta fresca y plomo ardiente. Gustábamos de compartir el ajetreo de los periodistas, correctores, diseñadores y linotipistas. A la vez descubríamos los encantos de una profesión urgida a vivir en el día a día.
Disfrutábamos nuestras primicias editoriales cada vez que veíamos lo recién redactado saliendo por la rotativa. Soñábamos conque transcurridos cinco años, tendríamos para siempre esa rutina diaria de tener, impresas en papel, las noticias, reportajes, entrevistas, comentarios y cuántos productos comunicativos pudiéramos escribir. Inesperadamente, llegó el crudo Período Especial y truncó nuestros anhelos. Sigue leyendo
