Las supersticiones son creencias extrañas. Significan tener fe desmedida respecto a una cosa. Aunque a su vez contradigan la razón. Por mucho que los estudios socioculturales intenten demostrar que forman parte del imaginario popular, todavía existen habitantes de nuestros campos que argumentan la veracidad de los llamados agüeros.
Entienden como tales esas señales o anuncios, conocidos también como presagios y vaticinios de algo por pasar en un futuro inmediato. En dependencia de las consecuencias y según la creencia pueden ser buenos, si provocan felicidad o buenaventura. Mientras que, serán malos, si ocurre lo contrario.
Especialistas en el tema señalan que tales hechos poseen siempre un carácter natural. Según sus consideraciones, para los más supersticiosos, «el augurio no tiene rango de sobrenatural, aunque sí mistifique su significado».
En este sentido, apuntan entre las predicciones más comunes para referir maleficios que se quiebre un espejo, o mirarse en uno ya roto; botar sal, aceite, pimienta o arroz; tener un cuadro inclinado colgado en la pared, encontrar un alfiler o escuchar el canto de la lechuza. Otros menos probables —pero igualmente posibles—, son que una gallina cante como gallo, o encontrar un trébol de cuatro hojas.
En cualquier caso, los expertos explican sus orígenes a partir de la relación dialéctica causa-efecto. La misma puede tener lugar de cuatro maneras. La primera con un sentido real en ciertas y determinadas condiciones, y desde distintos puntos de vista. Así, la pérdida o vertimiento de un producto considerado de lujo, muy necesario y caro explica por qué se cataloga de mal agüero romper un espejo o botar sal.
La segunda combinación se establece en la observación empírica —cierta tal vez—, pero no comprobada por el portador de la creencia. Un ejemplo de ello aparece cuando en la casa de un moribundo aúlla un perro, lo cual es considerado señal inequívoca de la muerte. En realidad se debe a la capacidad de esos animales domésticos de oler enzimas y hormonas internas del hombre como sucede con la adrenalina. De tal modo se justifica que el perro huele el miedo de las personas.
Como tercer vínculo encontramos los criterios de la magia simpática. Es decir, según el principio de que lo semejante produce lo semejante. De tal modo, se considera mal presagio amarrarse un pañuelo a la frente u otra parte del cuerpo por la similitud con los vendajes de heridas. También se piensa que, si durante o en las proximidades del parto, la futura mamá lleva algo atado al cuerpo, constituirá un peligro, pues provocará que se le enrede el cordón umbilical en el cuello del bebé por nacer.
Por último, el cuarto grupo estaría formado por el vínculo causa-efecto establecido mitológicamente. Este depende de las leyendas y criterios asociados a determinados hechos, fenómenos y sucesos relacionados con personas, animales y plantas. Así el número 13 ha llegado a ser fatal como consecuencia de la mitificación de su carácter negativo. De igual forma, sucede con la valoración favorable de poseer una pata de conejo, aun cuando se desconozca su explicación mítica.
Como aspecto especialmente interesante, los estudiosos señalan las acciones consideradas perjudiciales mágicamente y definidas con el término genérico de tabú. «Es algo que debe ser evitado para no acarrear la desgracia», apuntan y ejemplifican que sentarse en la cama del matrimonio significa «llevarse al marido»; dejar moviéndose un sillón sin estar ocupado, «atrae el espíritu de los muertos», hacer girar una silla o taburete sobre una de sus patas, «atrae desventura en general».
Llama la atención cuántas asociaciones, para bien o mal, existen con la lluvia. Digamos, alegan que realizar algunas acciones mientras transcurre un aguacero tiene efectos negativos, como el hecho de contraer matrimonio, a pesar de que para otros es un signo positivo. También refieren que soñar con la llovizna es buena señal. En cambio mantener abierta una sombrilla bajo techo trae mala suerte.
Más allá de todos los análisis científicos, lo cierto es que tales creencias enriquecen la idiosincrasia de los habitantes en las serranías villaclareñas. Contrario a lo que a veces se afirma, el predominio de los malos presagios sobre los buenos, no significa un síntoma de pesimismo. «En el caso del montañés del Escambray se trata de un hombre obligado por la agresividad del medio (…) posee una resultante optimista que favorece la supervivencia y el enfrentamiento de este hombre a lo adverso», aclara el doctor Manuel Martínez Casanova, al frente de la carrera de Estudios Socioculturales en la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas.
En este sentido aparecen los contra-agüeros como aquellas reacciones que neutralizan los efectos negativos. De tal modo, si durante una conversación se hace referencia a una desgracia, esta puede evitarse definitivamente torciendo los dedos o tocando madera. Si se derrama la sal, el maleficio se atenúa al recoger una pizca con la mano izquierda y lanzarla hacia atrás, preferentemente al exterior de la casa.
Los aspectos comprendidos dentro de las supersticiones aquí referidas aparecieron desde tiempos inmemoriales con el fin de satisfacer un vacío derivado de la ignorancia y el temor que la misma provoca. En la actualidad, con el nivel cultural alcanzado por el pueblo —incluidos los habitantes de las montañas—, a veces resultan poco creíbles. No obstante, si en medio de la noche escucha el canto de la lechuza, considerada por los campesinos ave de mal agüero, diga sin titubear: ¡Solavaya!





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