Con los ojos de mamá Elsa

Foto: Manuel de Feria García
_abc0008Elsa Hernández Fonseca ocupa, sábado tras sábado, un asiento en el aula de cuarto año de Estudios Socioculturales. Sin embargo, su nombre no aparece entre los matriculados de dicha especialidad en la Sede Universitaria Municipal de Santa Clara.
La mujer sólo asiste con puntualidad y permanece hasta finalizar la jornada de clases —en la secundaria básica Fé del Valle—, para acompañar a su hijo Félix Alberto del Valle Hernández. El joven está decidido a alcanzar su título universitario, aun cuando padezca de una invidencia total.
De ahí que Elsa persevere a su lado. Tanto empeño materno la convirtió en una «alumna» más del grupo. Desde el primer año de la carrera vive a la par de los estudiantes. Nunca falta a una consulta, elabora guías y resúmenes para consolidar lo aprendido e interviene mientras en su casa —un espacio ideal para compartir conocimientos—, se percata de que los muchachos no están diciendo correctamente los contenidos impartidos por los profesores.
Ser los ojos del único varón de la familia —después de haber traído al mundo a otras tres hembras— constituyó la decisión de esta madre en cuanto conoció la inevitable ceguera de Félix.
«El parto —rememora— se me presentó de imprevisto a los seis meses. Por ser un bebé prematuro necesitó recibir varias dosis de oxígeno para salvarle la vida. Lamentablemente, en 1984, debido al  bloqueo económico que nos impone los Estados Unidos, todavía no existía en el país el equipamiento requerido para extraer automáticamente el aire y así evitar lo que sufrió el niño: Una fibroplacia rectolental, o sea, por el prolongado tiempo que permaneció en la incubadora se le quemó el nervio óptico. Fue duro escuchar el dictamen médico, después de siete operaciones para evitar complicaciones mayores.»
En la mirada de Elsa resalta un brillo especial. La mujer aprendió, quizá con el tiempo, a no exhibir lágrimas cuando conversa sobre la enfermedad del jovial y carismático joven. Para ella, y los demás miembros del hogar quedó en el olvido la frase: «Félix no ve».
«Él logra observar cuánto le rodea —afirma ella—, a través de todos los que le ayudamos a valerse por sí mismo. Asumimos esa tarea desde su infancia. Hemos compartido muchos ratos de alegría con sus resultados académicos.»
—Nos consta, pues en junio de 2004, en las páginas de Vanguardia  publicamos la experiencia de los alumnos de la secundaria básica Juan Oscar Alvarado, quienes elaboraron medios de enseñanza para contribuir a su aprendizaje.
— Ellos forman parte de las personas a las que siempre les agradeceré cuánto han aportado al desarrollo profesional de mi hijo. Todavía mantenemos vínculos con la profesora Betania Pérez Valencia, promotora de tan humana idea.
—En aquella oportunidad, Félix cursaba el onceno grado en la Facultad Obrero Campesina y nos aseguró que matricularía una carrera universitaria. ¿Cuántos inconvenientes tuvieron que desafiar para cumplir ese propósito?
—No fue tan fácil. Muchas veces se habla de las barreras arquitectónicas que limitan la inserción de los invidentes o impedidos físicos a la sociedad. Pero las mayores barreras son las psicológicas. En diálogo con directivos de la provincia no encontramos opciones que lo favorecieran. Él, además, posee el síndrome de Guillett de la Taurett, identificado como la enfermedad de los tic. Con tal padecimiento resultaba casi imposible optar por una plaza en el curso regular diurno de la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas. Imagínese. ¿Cómo iba a enfrentar la lejanía de la ciudad? Mucho menos podría aspirar a las carreras de Periodismo, o Comunicación Social. Ambas eran de su preferencia ya que es un asiduo oyente de radio. Todavía sueña con ejercer alguna vez en ese medio de comunicación.
—¿Qué hizo entonces para que lo aceptaran en Estudios Socioculturales?
—Dirigirme, mediante varias cartas, a las instancias nacionales de distintos organismos. Sobre todo al  Ministerio de Educación Superior. Todo indica que mis argumentos lograron sensibilizar a las máximas autoridades de la enseñanza universitaria y por excepcionalidad aprobaron su matrícula.
—¿Cómo ha sido el vínculo con los profesores?
—Excelentes. Estar presente en el aula no significa exigirles una atención diferenciada hacia mi hijo. Yo soy más bien una mediadora, alguien que los alerta. Así, mientras imparten las clases tienen en cuenta que entre los treinta y tantos alumnos, existe uno que no observa de igual manera lo que para la mayoría es visible. De tal manera emplean métodos didácticos con los cuales explican en detalles los términos para que Félix los comprenda mejor.

—Ambos, aunque oficialmente no sea usted una alumna, han enfrentado asignaturas de elevado rigor. ¿Puede mencionar la más difícil de aprobar?
—El transporte.
— ¿Cómo dijo?,  no entiendo.
— Vivimos en Pastora, entre Ciclón y Toscano, a más de dos kilómetros de la escuela. Cada sábado, nos levantamos a las seis de la mañana. Salimos a paso lento porque Félix se cansa al caminar largas distancias. Poco a poco vamos por toda la Carretera Central hasta el restaurante El Marino. Allí esperamos un rato para tratar de «coger botella» con algún chofer solidario. Casi nunca ocurre así. Para no llegar atrasados al matutino seguimos a pie. Lo peor es al regreso. En horas de la tarde, bajo el gran follaje del árbol que está frente a la ESBU Fé del Valle, pasamos horas interminables. Lo doloroso es constatar, el paso veloz de autos estatales vacíos, cuyos conductores van ciegos ante el pedido que con desespero les hacemos.
«¡Periodista! —interrumpe Félix— pero no deje de anotar ahí, que los únicos que me recogen son el Mayor Heriberto López Pérez de Prado, jefe de la Unidad de Tránsito en la provincia. Cuando es sábado laborable el chofer de la guagua de la escuela William Darias siempre nos lleva. ¡Ah!, y por la tarde en tres ocasiones seguidas, un compañero del MININT que lamento no recordar su nombre, ha detenido su carro espontáneamente. Quiero que les transmita mi felicitación por ese gesto.»

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