Fidel, los artemiseños y sus espejuelos

Ilustración: Adalberto Linares

Fidel volvió a sorprendernos este 24 de julio. Verlo vestido con el verde olivo rebelde —rindiéndole tributo a los Mártires del 26 de Julio del municipio de Artemisa—, obliga a remontarnos a lo ocurrido por estos días en 1953. Pero el escenario sería la antigua provincia Las Villas, y en específico Santa Clara.

En vísperas del viaje que los inscribiría en la Historia de Cuba como la Generación del Centenario, un grupo de artemiseños transitaron por esta ciudad, engalanada hoy de rojinegro en espera del acto central nacional por aniversario 57 del asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes.

El hecho lo rememoró en 1999 Alberto Taboada, en el artículo Fidel combatió con espejuelos santaclareños, publicado por Vanguardia, el sábado 7 de agosto de ese año. Según su testimonio, bien por ferrocarril o carretera, 48 combatientes de ambas fortalezas hicieron breve escala aquí, a distintas horas del 25 de julio. (Melba Hernández y Haydée Santamaría habían arribado el 23).

De ellos, 13 viajaron en un ómnibus de la ruta 80, que tenía su paradero en el hotel Central, frente al parque Leoncio Vidal; cinco, en uno de la línea Santiago-Habana, la cual estacionaba sus carros en Marta Abreu y Zayas, y 12 utilizaron La Cubana con punto de receso en el antiguo hotel Florida.

Ciro Redondo, Ramiro Valdés, Pedro Miret, Léster Rodríguez, José Ponce, Mario Lazo y Julito Díaz se transportaron por esa vía. Narra Taboada que la presencia de tan numeroso grupo de jóvenes procedentes del occidental municipio se hizo notar cuando se dirigieron al desaparecido restaurante La Nueva Cubana (actualmente Hamburguecentro). Allí los identificó Israel González Peña, quien asombrado interrogó: «¿Qué hacen aquí tantos aremiseños?».

«Quedaron mudos, perplejos, sin saber qué responder; pero afortunadamente González Peña dijo: ‘¡Ah!, ya sé, seguro que van a los carnavales de Santiago.’ Y les volvió el alma al cuerpo», escribió Taboada.

Durante la noche del 24 al 25 de julio, el joven Fidel realizó varias estancias en casas de familiares de los futuros asaltantes. Una de ellas fue la de los padres de Melba Hernández, en Jovellar No. 107, en la capital de Cuba. Horas después se percató de que allí había dejado olvidado sus espejuelos. Aunque mediante la conversación telefónica con Elena Rodríguez del Rey (madre de Melba) no logró cerciorarse de que así fuera. Sólo un rato más tarde, Manuel, el padre de la Heroína del Moncada, los encontró. Sin embargo, el líder de la Revolución había emprendido rumbo a su trascendental misión. De ahí que no le quedara otra alternativa que detenerse en Santa Clara, cerca de las 11:00 a.m del día 25. Llegó a la Óptica López, situada en Cuba No.18 (entre Tristá y San Cristóbal).

Así lo describe Taboada:
«Lo atendió el viejo empleado Ramoncito Gutiérrez y puso al futuro Comandante en Jefe en contacto con los técnicos optometristas, quienes le midieron la graduación focal de su vista (…) Pasadas las 12:00 m. Salió satisfecho; correctos los nuevos espejuelos. Y con ellos combatió, afinada la puntería, en el asalto de coraje y justicia que tuvo de autor intelectual al Apóstol de nuestras libertades, José Martí.»

Con el tiempo, Fidel utilizó distintos espejuelos hasta que decidió prescindir de ellos. Cincuenta y siete años después de la gesta moncadista, proyecta su mirada hacia el futuro. Con una vista mucho más aguzada observa los detalles de un mundo donde las guerras y el deterioro del medio ambiente amenazan la especie humana.

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