Nervuda raíz de Marinello

Una primicia, a propósito del 112 Aniversario del natalicio de Juan Marinello Vidaurreta, el periodista y escritor villaclareño Luis Machado Ordext, ha querido compartir este acápite de su libro de testimonio, en proceso de edición, Troncal de Azares.

«La tristeza no embriaga con la crítica:

florece como el renuevo que estimula

a crecer y no a equivocarse…». [1]

Navarro Luna

¡Qué paradójico!…, dirán. La demarcación y la obstinada secuela son determinantes, necesarias y puntuales. Ahora enfoco  pretensiones en relación con los amigos: los vivos o los muertos, allí dónde se hallen. Por las inconfundibles iluminaciones entenderán con excelencia cómo los llevé adentro. Con algunos sólo mediaron escuetas señales de apreciación perdurable, y con otros…

A esos hombres surgidos, antes y después, jamás los desdeñaré: las expresiones testimoniadas están prendidas, atadas, indelebles y fusionadas a la refulgencia.

Los diálogos, por supuesto, en aquel entonces, manaban desenvueltos. Cuando la holgura mayor, infranqueable por la lejanía, empañaba el infalible camino finito de  separación, nacía una configuración de tropiezos e inminencias: las fluidas correspondencias.

De un coetáneo tengo avidez de conversar. No precisaré cómo lo intimé: su hechura e inteligencia nunca se extraviarían al escarbar en la reminiscencia. De algo estoy convencido: marcó una ruta, un sendero y estableció el horizonte. Siempre asomó con exacta y nervuda apariencia en las visitas que realizábamos, por separado, a Raúl Ferrer Pérez, en Narcisa, Yaguajay.

Allí, como en otros recintos, coincidíamos los fines de semana. Creo, además, requeríamos de esas compensaciones y discernimientos. Las persistencias de acercamientos, las congratulaciones en Manzanillo, y el coloquio ardiente en La Habana o el recado escrito, reforzaron el imperioso crédito del diálogo y la palabra.

Con tal certidumbre vislumbraba su semblante prendido a la luz del fundamento del Apóstol: «El hombre se siente consagrado en los ancianos».[2]

Juan Marinello Vidaurreta, sobre quien evocaré instantes de un pasado que desandamos, de ningún modo escapará a la recapitulación forzosa y desapasionada.

No tendré en entendimiento lo que guareció para los jóvenes escritores y artistas cubanos; sino, además, las enseñanzas que transpiraron en favor de la Cultura, según los sitios donde se plantó y convergió en posesión de una recatada ponderación.

¿Pregúntenme a mí? Lo allané como a otros, hurtándole ribetes a la cotidianidad de los incidentes, y aquilatándolo en la corpulencia que desbroza inconvenientes. A la par, ilustraba el presente que, por esclarecimiento extensivo,  era lo nuestro.

Lejos, envuelto en la agitación política y revolucionaria, en la meditación literaria, y ahijando el porvenir, él sacó fuerzas, no sé de dónde, para sustentar la unidad de creación y adiestrar derroteros de intrépidos «aficionados» villareños.

Fungió como «padrino», y desde la teoría y el profundo conocimiento, tutelaba sin el pavoneo orgulloso a una pequeña familia en torno a lo que era sabio y trascendental para la Patria.

Su caso, legendario en los cubanos, revelaba la vocación del humanista, con una insinuada palpitación en el retoño de la epidermis: la maestría pedagógica del mentor, martiano, marxista-leninista, americanista y universal.

Cuando en las discusiones surgió alguna que otra divergencia de circunspecciones políticas, filosóficas y artísticas, siempre prosperaba una hermandad sin atisbos de linderos resolutivos, y al segundo refrendaba el olvido rotundo, ardiente e ilustrado.

Era nítido en el carácter. Tal vez porque sacaba ventajas por la profundidad erudita que esgrimía, la edad, la vivencia, así como los aciertos que sobre el arte  y la literatura acumulaba al cobijo de absorción adoradora de los progenitores predilectos. Bien que apretó libros, temas, autores…

Esa proporción, tamañuda, reposaba en una procreación dialéctico-materialista que transbordaba, adentro, en las entrañas. ¿Acaso, de dónde emergía esa voluntad y capacidad telúrica del convencimiento para decantar entuertos?…

Precisamente, ya expandía su almendruco y, al discurrir, brotaba, con lozanía y perfecciones relucientes, con el asentimiento de un observador socio-ideológico del arte y la literatura.

Rebuscando en las reminiscencias: el naciente diálogo con Marinello, para beneplácito de ambos, sobrevino en septiembre de 1936, justo a raíz del fusilamiento de Federico García Lorca.

Sí, allí anidó el asiento inaugural de la lealtad. Fue como una suerte sin precedentes. Estaba compungido, terriblemente quejumbroso, por lo acontecido. Lo sé. De ahí viene uno de las apuntaciones imborrables que atesoró.

Ya era un compositor, un decidor persistente y un teórico virtuoso de la palabra. De la resultante,  esgrimía con ardor y vehemencia la defensa de lo noble, lo sano del saber popular y, por supuesto, de las idiosincrasias nacionales y americanas. La troncal perspectiva acrecentaba su  escalpelo interpretativo, explicativo y…

Claro, fortuna adjudiqué en el vínculo con cuatro personalidades literarias que, con particularidades ideoestéticas algo discordantes, formaron una estela en lo inmenso y transparente. Entre Emilio Ballagas Cubeñas, Raúl Ferrer Pérez, Manuel Navarro Luna y el amigo Marinello, sacudieron una persistente y atrayente afluencia de conocimientos pedagógicos, políticos y culturales irrevocables para el ulterior prorrumpir artístico: determinaron el rumbo y alertaron el proal.

En el centro de esos diálogos (desperdigados con el ardiente obsequio de las frases y las enseñanzas), permanecí como quien acudió a las invocaciones. Todos iban, en estrépito, hacia la fértil espiga que germinaba dentro de una exacta proporción cubana, caribeña y latinoamericana.

Con otros amigos que simpaticé, sobre todo, incluyo a los que cultivaron la poesía negra, y a los cuales me vinculé, fulguraron, de similar modo, las lecciones teóricas que Juan regaba como un manantial ardiente. Soy testigo de ese ferviente tránsito por disparejos e irrebatibles escondites cubanos de animación cultural.[3]

Jamás en Cuba un hombre consagró tanto espacio escrito o hablado para sentenciar, aguijar y predicar en favor de una vertiente lírica o narrativa que calara en la cuenca del alma nacional: solicitaba ese toque que universalizara y, además, alejara cualquier pronunciación folclorista, superflua, vacua…

Eso hizo, y también predijo, en las postrimerías de los años 30, para que la lírica surcara las realidades intrínsecas a las exigencias de la realidad. Más que un escuchador con exigüidad, comparecí como copartícipe de los comentarios exploratorios, las amonestaciones y las diatribas que sustentaba en aras de encausar lo que repercutía en el  contexto cubano y foráneo.

En noviembre de 1938, retornando a lo pretérito, en aureola expedita y rondado de habituales a las veladas del central Narcisa, donde se afincaba el enclave de Raúl Ferrer Pérez, el teórico Marinello Vidaurreta bosquejó (con talante sintético, amargo y molesto), la lectura de ciertos fragmentos implícitos en una carta que José Ángel Buesa consignó al poeta villareño Carlos Hernández López.

Por casualidad, el último —elogiado desde la época de las peñas del Club Umbrales, incluso durante la estancia efímera del matrimonio Juan-María Josefa, en tiempos de la Escuela Normal para Maestros de Santa Clara—, expuso el manuscrito en el Parque Vidal. En ese recinto, escogido, a veces, por literatos locales para exteriorizar diálogos informales, se instituyó una porfía de extrañeza. La conversación, contrastada por barruntos ardientes, cesó en controversia.[4]

Ausente estaba de allí, pero por los hocicos de los contendientes, me percaté del crujido: los dos participantes describieron, por separado, los puntos de vista. Buesa, de esquinarse, se refirió al hecho en la vivienda de un amigo donde  permanecía por esos días. Por fortuna «merecida», el documento residió, no sé cómo, en mis manos. La casualidad lo condujo aquí.

Así aconteció el tropiezo sin que el firmante principal se enterara de inmediato de lo sobrevenido. Estoy persuadido que sí consiguió percatarse del alegato, pero escondió el semblante y desestimó el aludido. En especificado «rinconcito» desconocido, de la fecunda papelería de Marinello, puede que asomen los apuntes que forjó. Absolutamente, ¿quién admite esa seguridad? De eso no hablo porque lo ignoro, aunque escuché esas argumentaciones orales inherentes a la diatriba.[5]

Es incuestionable, lo admito, a indagación de balas, Marinello examinó el verso y el teatro del andaluz como «[…] frondosas alas de un árbol, lozano y erguido, en una mañana luminosa de reposo».[6] Destacó, igualmente, la profundidad y el calibre imperecedero de una armonía íntima en las metáforas, así como otros recursos expresivos e hispánicos, colmados por Lorca.

Suplico a la  memoria —abusando del cansancio que provoca la vejez—, y retoco lo que de una forma u otra prorrumpió de la boca, y también de las entrañas, de Juan, cada vez que el asunto flotó sobre el tapete. Resultará lógico que aborde cuestionamientos esgrimidos por Buesa:

«… mi opinión es ambigua. Veía en él a un pichón de águila. […] Y digo esto porque, aunque su obra es magnífica, todavía tenía mucho que dar, y, sobre todo, habría tenido tiempo de superarse. Muchas cosas que andan rodando por ahí como obras maestras, no son otra cosa que -al menos, así las considero yo- elegantes tomaduras de pelo. El mayor defecto de G.L., fue pensar demasiado en el vulgo […] En el género del romance, será difícil superarlo. Él remozó el romance y le comunicó un soplo personalísimo…»[7]

No es de extrañar que Marinello, un hombre cuajado como torrente cristalino, inagotable en la expectación de la cultura artística, se expusiera ajeno a dimes y diretes. Sé que estacionó los hilvanes justo en las íes, y se comidió en orgullosa parquedad para trasladar las prestancias del arte por las travesías de lo cubano.

En esterilidades no se detendría. Tampoco las ojearía desapercibidas, sin que antes decantara una reflexión oportuna. Por eso él, que congeniaba con Hernández López, Buesa, Jorge Cardoso y…, jamás amontonó presunciones de resentimientos: optó, según instruyó con otros, por entusiasmarlos e inculcarles el estudio para el abordaje de la realidad objetiva y social, y su consecuente recreación artística.

La única forma valedera de percibirla o deleitarla era un surtidor vivaracho, de pertenencia y compendio de la colectividad.

¡Qué no proscriba a nadie!… Lo acaecido en la irrupción sui géneris, entre el teórico marxista y el poeta villareño, no pasó de más allá, y concernió para aleccionar y…  Al lucir la carta, sin arrebatos de jactancia, arguyo que Hernández López desamparó la cavilación y la prudencia comedida de los discernimientos del otro. Constata, porque lo oteé, que Juanelo, como solía llamarlo Navarro Luna en peñas familiares, se articuló con un temperamento camaraderil.

La partícula que rebasó los oídos con mayor transparencia concernió a Marinello. Por su parte, Hernández López, perpetuó el vestigio de lo incógnito. Hubo comadreros que concertaron «perforarle» la lengua, sin pretender, incluso, cercenársela, para indagar migas propias de la discusión: el silencio se interpuso en lo sucesivo.

Augustamente rehusaba la insistencia. En lo promontorio de los años Hernández López transmitió la epístola de Buesa —que desató la polémica—, y para asombro la depositó junto a un ejemplar del libro Chamberí, poemas pilongos, con el propósito que la «disecara» entre la papelería.

Decía, en nota al margen: «No la extravíes. También en algo te pertenece por ser partícipe de los vericuetos de aquel desenlace en que me desahogué».[8] La imagino como prenda y huella imperecedera de la franqueza provenida allende a 1936, fecha en la que enhebré la adhesión por los escenarios y la recitación.

¿Volvemos a las palabras de Marinello en Narcisa? Cuestiono, tal cómo antes prescribí, un fundamento: ¿Dónde residieron los rompimientos simulados entre los argumentos blandidos por José Ángel Buesa y los del teórico marxista?

Pues bien. Aquí la dilucidación: instauraron pespuntes de coincidencia, pero… Hubo frases interpuestas por el remitente, donde se insinuaba el hiriente calificativo de «vulgo», para habilitar los temperamentos populares que tipificaban la esencialidad, los temas, motivos y personajes literarios alegrados por el andaluz.

Cuando Juan vio que se abordaba el teatro del español, detonó en rabia.

Buesa lo detallaba como «… flojísimo, diría, con grandes destellos, eso sí, pero en conjunto, irregular, frágil. Lo mejor es Yerma, sin ser nada extraordinario…» [9]

Ahí desvaría, adujo el otro: «Conocí al granadino, aquí en Cuba donde le acompañé, en su preferible estancia, cuando ya había despertado, y se exhibía en humildad sincerísima como un inventor nacional y universal, bebiendo de la realidad de pilas sustanciosas —sin que el goce y la petulancia lo embriagaran—, y aportando esencias contenidas en un insospechado globo de duendes, fantasías y protagonistas…».[10]

Lo engendrado por Lorca emigraba fecundado por una raigambre histórica, y tanteaba el cielo telúrico de Lope de Vega, a la par que se empinaba hacia Calderón de la Barca y otros españoles del Siglo de Oro: copaba las sendas de un entendimiento que desvelaba los dramas de la época, embistiendo, como fiesta taurina, todos los confines  que le remolineaban.

Después, de aquel acaecimiento en Narcisa, Marinello retomó análogas perspicacias ante intelectuales cubanos o extranjeros. Así fue, pondero ahora. Era de los que escasamente se abstenía para asirse a la verbosidad que apremia en la exhalación impasible de una hechura inacabada. José Ángel Buesa, de una forma u otra, agarró la intuición de esa discrepancia. Al menos, él percibió los soplidos de la gresca.

Enseguida, como el que tropieza con una flor diminuta ubicada en función de marcador de páginas que alientan el gusanillo por las asiduas lecturas de juventud, y también de ancianidad, escruté el germen de las autenticidades, y enarbolé, hasta respaldar, los cánones que Marinello depuró para empotrar esa virtud de Lorca.

El enardecimiento lo espoleó a la remembranza de los relámpagos cubanos durante la peregrinación del granadino, allá por marzo y junio de 1930. Con  castidad exponía: «Andar criollísimo», porque el poeta poseyó la turbación trastornada de la purificación venida de lo popular, y en la cual entendió que en este clima tropical no solo hormiguean el tabaco, el café y un excelente ron, sino, además, hombres diestros en ritmos latientes de insólita musicalidad. [11]

Por eso descubrí los tintes del alojamiento del español: el «zanganear» displicente, las conferencias que obsequió en Liceos y Colonias Españolas, y también su desenfado al encarar la vida y las juergas.

Juan resaltó cómo el agasajado se complacía con gestualidad intrigante, espontánea y sugerente del transeúnte, así como de las porfías, el juego fantasioso con la realidad, y el trono del humor descomedido y atrayente. En el fondo, el intelectual ceñudo comprendió el imán impactante, fiero y devorador que agarraba y subyacía en la reverencia desafiante del andaluz.

Por Juan juzgábamos. Todos quedábamos alejados de lo extemporáneo. El éxtasis, promovido por veraces mensajes, nunca agujereó las arterias de la curiosidad pensativa, y se instituyeron puntos de arranque exclusivos y ecuánimes. Así, de la carta de Buesa que indujo el desacuerdo, describió después aspectos de las andanzas del granadino. Había que escucharlo dibujando y señalando escenarios, personalidades asistentes, anécdotas, comentarios…

El teórico que aleteaba en la mente proverbial de Marinello, era inflexible con las investiduras inconclusas, adulteradas e impropias: ponderaba todo atisbo de experimentación, siempre y cuando se aplanara en las circulaciones nutrientes de la cultura y las idiosincrasias nacionales. Desenfundaba y manejaba las categorías generales o particulares, y el modo de colocar a cada cual en su lugar a partir de un juicio certero y valedero.

Emilio Ballagas —un poeta mayor en Hispanoamérica y un ensayista de calibre—, persistentemente escribió durante la antesala en Nueva York o en La Habana, para transferirle ciertos puntos de vista, atendiendo a su opinión sabia, enviándome  correspondencia con una copia de las reflexiones especiales. Apetecía que él ofrendara la  expectación. De ese modo reverdeció, sin reparos, disímiles vislumbres de lo consumado.

Ballagas, el autor de «Elegía sin nombre», lo presumía, porque Marinello era como un tamiz, un pulidor, y un orfebre en componer discursos y  apreciaciones atinadas. Como tal recibió el merecido respeto y tributo.[12]

Me censuró Marinello muchas veces. Con acentuación calmosa y comprensiva ausculto el tiempo, y fustigó con vehemencia cuando se percataba de una declamación donde distorsionaba la psicología del mulato o el negro. Sonsacaba: «Severo, así no compareceremos en ninguna parte, porque los que hacen ese tipo de versos tienen la culpa: confunden folclore y folclorismo, pasión y reivindicación, cultura popular y visión nacional, arranque tradicional o experimentador, con moda, esencia y visión moderna[13]

Gratos relámpagos amontono y acaparo en la recordación de Juan. Unos son lejanos, y otros próximos a su desvanecimiento orgánico. A los escritores que asumían un compromiso social con el pueblo, tercamente, les acarreó, en similar proporción,  la estimación mayor, el afecto y la censura. También, por encima de todo, espetó la veracidad anunciadora e imperecedera de una literatura como parangón de la virtud.

A Ballagas, Guillén, Navarro Luna, Gómez Kemp, Raúl Ferrer Pérez, Carlos Hernández López, Eusebia Cosme, Martínez Pérez, Agustín Acosta…, siempre les prodigó y estacionó fieras y naturales reliquias de aclaración: todas aguijaron en un reclamo voraz y sincero en la pugna por el rescate de las enjundias que acrecientan al cubano.[14]

Treinta años después de la salida de La Zafra, de Agustín Acosta, floreció una carta en mí casa. El remitente recapacitaba en relación con una diatriba de Marinello publicada en las revistas Cuba Contemporánea y la Gaceta de Bellas Artes. Desde la calle Descanso, número 12504, en Matanzas, el poeta replantea un discurso sin la presunción apesadumbrada del que tolera una censura o unos cuantos elogios.

Acosta advierte: «Antes y después de mis principales libros, y hablo de Ala, Hermanita y La Zafra, todo lo que guarda el perpetuo silencio de las gavetas o está publicado, transporta el consejo latiente de Marinello. ¿Cómo despegarme de esa savia suya, del alertar y el aguijón, para despuntar un mal paso o una nota fuera de lugar? Vendrán otros críticos, aun con las diferencias de enfoque que tenga, pero ninguno calará tan profundo como él. Adentró la mirada en torno al pesimismo mío, calmó la sed pidiendo poesía (lo había dicho en las “Palabras al Lector” y no me avergüenzo), y la encontró, a pesar de que cuentan que soy un consagrado. Sigo escribiendo nuevos versos. No obstante, continúo apegado a la pupila de su instrucción…»[15]

Esa misiva no cayó del aire. Tampoco estaba exenta de intencionalidad: desde las incursiones que consumé, por invitación de Néstor Ulloa Rodríguez y Carilda Oliver Labra, a las peñas literarias de la Atenas de Cuba, emergió la descarga epistolar que, incluso, aleccionó mis puntos de vista y la consideración por la literatura y las concepciones emitidas por el ensayista.

Ningún otro examinador cubano de su tiempo, incluyendo a extranjeros, meditó como Marinello con sublime vehemencia en asuntos formales, estilísticos y temáticos de la poesía hispanoamericana. Vislumbró incrustaciones canijas y enmarañadas, y fustigó cuando se desentendía de la imperiosa visión auténtica de las condicionantes sociales que se suscitaban.

Acosta precisó, muy acertadamente, que en las detonantes de Marinello se apostaba la apropiación de la historia a partir de la búsqueda, el acierto y el hallazgo del criollismo de esencias, y tal inquietud trascendía los umbrales del país o una época. De ese modo admitió las descargas y corrigió sus tiros líricos.

¿Por qué sedimentarlo? Todos lo cotejan con asequible cualidad —al preponderar opiniones sobre Ballagas, Guillén…—, en reseñas críticas que abarcan lauros, hazañas y deslices literarios en lo tocante a la poesía negra. También Marinello abarcó a los declamadores: hay que contarlo con justeza. Fue enérgico con el experimentalismo vacuo y la simple novedad. Pedía adentrarnos en el alma nacional sin «jugueteos culteranos o los vericuetos falsos de las palabras[16]

Disciplinó, sí, tras la recitación en privado o en público, para alejar disfraces y pintoresquismos que, en contundente reclamo, empequeñecían al cubano. Con la refriega también repasé fórmulas para aprehender y desenredar las esencialidades de los repertorios y los poetas.[17]

Esa apreciación la veíamos henchida de didáctica estética e ideológica. Era exclusivo, único… En la acechanza a las circunstancias se arrellanaba en lo excepcional, lo infalible y, también, en lo desembarazado. La cualidad y particularidad de la cubanidad —desperdigada del «divertimento aplebeyado»—, y sus temas,  contenidos y motivos,  lo instaban a dilucidar un arte con absorbentes humanos.

Juzgarlo, cuando acudo a la repetición de viejos repertorios —según los reclamos de quienes convocan—, traicionaría la solidez que persistentemente infundió. Ahora lo aprecio, tal como era: luminosidad meridiana del pensamiento teórico.

Mas, yo un mulato de humores y de rostro, en aquel y en este tiempo,  despliego que él encarnó una incitación para valederas travesías. Jamás preteriré, cómo, entre todos, un día  circularon una trascripción mecanográfica del ensayo «Veinticinco años de poesía cubana». Instauraba una revelación, una extrañeza del avizor.

No era lo perentorio. ¿Lo dudo?…, pero, la precisión en la demarcación en lo instantáneo y apremiante, requerían explícitas ensambladuras. Ahí, él advertía, en espoleada recapitulación, percepciones convenientes que, por la efervescencia lírica reinante en la adolescencia creativa, excluíamos o ignorábamos.

Con agudeza concibió las remisiones. Nadie creyó en la pulsación mordaz. De nosotros no musitaba en el texto, pero las advertencias esgrimían adiestramientos, a la par que encintaba itinerarios hacia la perfección.

El enmiendo desplegaba prosperidad, ascensión creciente y, por supuesto, un eslabón del conflicto implícito a lo dramático; la inquietud y la cauterización. Unos permanecieron replegados en un incierto apogeo, mientras otros encumbraron el montículo del artista. Yo, que viví en ese esplendor, de ningún modo me deshice de una de aquellas reproducciones y, lo aseguro, constituyó una guía, un diagnóstico en la misión del declamador.

Me siento complacido y sediento. Aquí está el subrayado, en el que explaya: «Queremos al negro en toda su medida, en la pena de su destierro, en la luz de su música poderosa, en la ternura de su canto ciego, pero también en la justicia de su rebeldía…»[18]

Cierto día, durante una efímera coincidencia de amigos, a principio de la década de los 60, se lo extendí, y espantado percibió la placidez de agenciárselo. Prefirió que prosiguiera en mis manos, y aquí lo disfruto con la mayúscula aquiescencia de aquel momento.

¡Qué más pedir!… Fue un definidor, un surtidor de voluntades, con  hondura histórica: encarnó devoción para el esclarecimiento oportuno. Viví desde el coloquio ameno hasta el consejo diario que se esparce al viento, y huelgan lo desenfrenos para replantearlos.

En la memoria descansan sus desgastados huesos. Arguyo que disfrutaría, de ese modo, con suma notoriedad. Otras apuntaciones sobre Juan, persisten. Vendrán como remolinos nítidos, y traerán consigo los renuevos indiscutibles. ¡Qué más  decir!… Entonces, tendré que rememorar cuando, desde la delegación de Cuba en la UNESCO, remitió una carta con demasiada premura a esta vivienda villareña. Alertaba en brevísimas letras: «Negro, como en otras ocasiones, donde requeríamos que estuvieras, con tu calor de versos, necesito  determinados envíos que puedes hacer…». [19]

La preocupación recetada era del viernes 20 de enero de 1967. Pedía con humildad libros para llenarse de placer y sabiduría. En otros, tal vez, pudo detallar en la solicitud. El escogido fui yo. Pienso de ese modo. Nunca le pregunté el por qué… Falleció sin darme respuesta a esa incógnita, pero, instauro, era una manera de confirmarse como degustador de una ignota espiga: jamás, desconoció la distancia, las responsabilidades y los azotes del tiempo para intimar una lealtad fina y decidida.

Eso ofrenda mesura, y demarca, en última instancia, al humanista de pecho depurado. Juan es ese, el entrañable y devoto legionario que vislumbré no sé cuántos años atrás…


[1] Manuel Navarro Luna: Carta al declamador Severo Bernal Ruiz. Fechada en Manzanillo, viernes 18 de febrero de 1949. (Inédita.)

[2] José Martí (1975): Carta al director de La Nación de Buenos Aires, Nueva York, enero 3 de 1887, en Obras Completas, p. 136, t. xi, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana.

[3] Anchurosas son las referencias y los epistolarios cruzados entre los escritores, así como las consideraciones que dedicó Marinello.

[4] Luis Machado Ordetx: «Umbrales, revista de iniciación», en Coterráneos, Op. cit., pp. 23-31.

[5] Comentario que sucedió a la precisión hecha por Juan Marinello Vidaurreta, según los testimonios aportados por el declamador Severo Bernal Ruiz y Raúl Ferrer Pérez.

[6] Palabras textuales expresadas por el declamador.

[7] José Ángel Buesa: Desde antes del nacimiento del Club Umbrales (1936), ambos escritores establecieron amistad y comunión lírica. Esos lazos motivaron un intercambio sistemático de correspondencia. Al tanto, de ese ir y venir de misivas, estaba un grupo de creadores residentes en Santa Clara.

[8] Ídem.

[9] Idem.

[10] Tomado de apuntes escritos y almacenados por el testimoniante. El autor cree que ese documento se encuentra dentro de los libros donados a la Universidad Central tras el fallecimiento del declamador en 1989.

[11] Llegaron a la casa del declamador originales de «Romance por el crimen de Granada» —un largo poema escrito por Enma Pérez—; «Caravana», «Serás el vencedor», «Mella venció a la muerte», «Romance del miliciano heroico», «Balada del futuro» y «España», todos de Gilberto Hernández Santana, así como «A Federico García Lorca», de Emilio Ballagas, y otros apuntes de Juan Domínguez Arbelo.

[12] El domingo 10 de febrero de 1947 Ballagas escribe a Severo Bernal: « […] Harás la consabida cartica a Juan: El amigo Ballagas, ausente en N.Y. me encarga ponga en sus manos uno de los pocos y primeros ejemplares de su Mapa llegado a Cuba. Cumplo gustoso su encargo, etc.» Se refiere a la antología Mapa de la poesía negra americana, Editorial Pleamar, Buenos Aires, Argentina, 1946. En archivo del autor hay otras referencias.

[13] Al respecto —con mayor amplitud—, esos conceptos aparecen en: «Carta a un poeta que comienza por lo negro», referido al libro Acento negro, de Vicente Gómez Kemp. V.: Juan Marinello (1975): Cuba: Cultura, Juan Marinello, pp. 328-330, Editorial Arte y Literatura, La Habana.

[14] Eusebia Cosme, Dalia Iñiguez, Berta Singerman y el puertorriqueño Juan Boria…, también sintieron el estruendo crítico de Marinello.

[15] Carta de Agustín Acosta, fechada el sábado 12 de enero de 1957. (Inédita.) V.: «Un nuevo libro de Agustín Acosta», en Juan Marinello, Op cit., pp. 276-280.

[16] Palabras del declamador.

[17] En: «Hazañas y triunfos americanos de Nicolás Guillén», dice: «hace diez años coinciden en nuestras islas dos interesantes fenómenos: la boga mundial del negro y el despertar poético del afro antillano […], por vez primera el impulso extranjerizante nos jugó una buena partida […], nos condujo a nuestra propia casa. Buscando lo extraño, dimos con lo propio». Op. cit., pp. 375.

[18] Guardado en el archivo del declamador.

[19] Idem.

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