La casa de los afectos

La antítesis de la primera novela de Isabel Allende —La Casa de los espíritus— lo es esta otra Casa. Nombrarla «sin amparo familiar» se ajustó bien a las condiciones que le dieron origen, en los años 90 del pasado siglo.
Fue el resultado del empeño de Vilma Espín Guillois, quien se esmeró por contribuir a la instrucción de los pequeños desprovistos del amor en el hogar donde debían crecer.

Julia Toledo Morales, directora de la Casa #1 Sin Amparo Familiar se muestra satisfecha por el trabajo realizado durante 50 años en el programa de círculos infantiles. Los últimos 20, dedicados a la noble labor de atender a los niños cuyos padres no los pueden atender directamente.

«Comenzamos con una capacidad para 9 niños y ya han transitado 40, explica. Llegan antes de cumplir el primer año de vida y permanecen hasta los cinco», explica Julia Toledo Morales, la directora. Ahora la habitan solo dos príncipes: Luis Manuel Soler García —de un año de edad—, y Alain Alonso Romero, de cinco. Los padres biológicos de este último ya no están físicamente.

«Fallecieron víctimas del SIDA —añade Julita— razón por la que el niño es atendido cada seis meses en el Instituto Pedro Kourí (IPK). Yo siempre lo acompaño. Me tranquiliza más conversar personalmente con los médicos y saber que evoluciona muy bien.»

Educación imprescindible

Ambos niños asisten al círculo infantil Que siempre Brille el Sol. También las dos auxiliares educativas de la Casa sin Amparo Familiar dan continuidad a las enseñanzas recibidas en la institución docente.

Las auxiliares pedagógicas, además de jugar con los pequeños en la Casa los llevan a pasear los fines de semana. Durante la etapa vacacional reciben una atención especial por los distintos organismos del municipio como el INDER, Cultura y Educación.

En la casa cuentan con las condiciones necesarias para cumplir ese objetivo: juguetes, áreas recreativas, muñecos y hasta animales domésticos que los niños aprecian como a sus mascotas. El visitante lo comprueba durante una breve estancia. Aunque los vean por primera vez, los pequeñines alzan los brazos para ser cargados y al instante regalan un beso.

Desde que supo de la existencia del lugar, Aleida Guevara March, la hija del Che, se declaró madrina de todos los menores que conviven en la Casa.
«No soy de las que acostumbra a pedir. Sin embargo, cada vez que Aleidita viene o llama por teléfono indaga sobre nuestras necesidades. Le respondo que todo esta bien. No obstante, se ha reiterado que después de venir envía un obsequio con la observación: “Ves, esto lo necesitas y no me lo dijiste”.»
Como fundadora de los círculos infantiles expresa:

«La naturaleza me dio el placer de tener una hija, de la cual vivo orgullosa. Pero la Revolución puso en mis manos a cientos de hijos más. Me nombran mami, abuela o abuelita. Es la mayor gratitud que puedo sentir.»

Y con ojos humedecidos narra cómo un día vio llegar a un joven veinteañero melenudo. «¿No me reconoces? —preguntó el muchacho—, claro es que ahora soy friki. Me han dicho que aquí pasé mi niñez. Vengo a ver si conserva algunas fotos de esa etapa, la más feliz de mi vida. Quiero llevármelas para los Estados Unidos. Deseo irme de Cuba.»

Asombrada y luego de identificarlo, Julita dialogó durante largas horas con él hasta convencerlo de que con tantas cosas buenas recibidas por la Revolución, no tenía necesidad de irse a vivir a un país desconocido.
«Todavía no se ha ido y espero que no lo haga.  A  cada rato me llama para saber de mi salud», dice.

Con Vilma en el recuerdo

Fotos y Fotocopia: Ramón Barreras Valdés

Julita tampoco olvida la visita que la presidenta nacional de la FMC les realizó al inaugurarse la Casa.

«Estuvo una tarde completa con nosotros. Existían cerca de 20 niños. Cuando preguntó la cantidad de personas que trabajaban aquí —eran 12 al igual que ahora— se mostró sorprendida.»
«Medio en broma dijo: “Si Fidel se entera tal vez nos da un cocotazo”. Al final entendió que, por las diferencias de edad se requería una atención especializada. Antes de irse, reconoció: “Tienes mucha razón”».

Esta gran mujer siente satisfacción de que cada vez sea menor la matrícula en la Casa porque como explica: «Significa que las familias se ocupan cada día más de sus hijos. Es la realización de uno los sueños de Vilma».

A la vez la entristece pensar que algún día no existan niños a los cuales cuidar. «Si llegara ese momento —reflexiona— nos dedicaremos a otras funciones. De hecho cuando, por la edad, deben pasar a convivir a las restantes Casas seguimos su desarrollo escolar y personal. Son nuestros hijos y nunca los abandonaremos.»

Si algo de espíritu se respira entre estas paredes, están muy lejos de aparentar el despotismo y la agresividad descrita por la escritora chilena en su novela. Tal vez algún día, una novelista se inspire en las historias vividas aquí, en la calle 4ª de la Vigía de Santa Clara y titule su obra como La Casa de los Afectos.

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