Mujeres de fuego

Por Ricardo R. González (Tomado de Vanguardia)

Zoraida Lugo Orama muestra a representantes de las nuevas generaciones, como Sandy Fuentes Cerdá, aquellas imágenes que hablan de historia. (Foto: Carlos Rodríguez Torres)

Abril trajo aquel aire tormentoso «en forma de tornado», cuando aviones enmascarados hirieron el cielo y las barcazas mancharon el mar. Hace cinco décadas del suceso. Por entonces, ya Zoraida Lugo Orama era la primera secretaria en la esfera Educativa que tuvo la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) en la antigua provincia de Las Villas.

Recuerda aquella llamada de Vilma Espín tras ocurrir la invasión. Fue inmediata. La sede de la FMC tenía que ser una especie de cuartel y ponerse a las órdenes del Comandante Juan Almeida Bosque, al frente del Ejército del Centro.

«Lo cumplimos –precisa esta mujer devenida historia–. El jefe vino y conversó con Lolita Rosell Anido, la máxima dirigente femenina en la provincia, que incluía a Cienfuegos y Sancti Spíritus, con 32 municipios. El diálogo resultó breve. Almeida sabía cuál era nuestra posición.»

La radio y la televisión emitían sus partes, mientras tanto Santa Clara, como todo el país, vivía horas de tensión. Las mujeres patrullaban las calles, al tiempo que constituyeron una brigada sanitaria y preparaban todo el material dirigido a los hospitales.

«La casa de la organización femenina radicaba en la calle Juan Bruno Zayas, esquina al callejón de Los Ángeles. Permaneció abierta las 24 horas, sin perder de vista a las desafectas ante tanto peligro. Algunas resultaron detenidas, también hombres, como el caso de aquel abogado que se escondió debajo de una cama; sin embargo, todos recibieron el mayor respeto.

«Conocía muy bien a una persona que resultaba sospechosa, y poseíamos algunas informaciones. Durante la agresión no había asistido al trabajo, y aquello me llamó la atención. No teníamos tiempo que perder. Le pedí a una compañera  salir de inmediato, y al llegar a su casa estaba a punto de irse. Dije que me entregara una carterita que portaba, y en su interior trasladaba dos pistolas sin estrenar. Antes, su esposo había partido para internarse en un cañaveral.»

Las pupilas permanecían bien atentas, mas aquel cuartel femenino de la calle Juan Bruno Zayas no cesaba en la preparación de gasas y otros recursos vitales. Algunas vieron aparecer ampollas en sus manos como en el caso de Zoraida, pero ello no minimizó la labor ante lo que ocurría en Cuba.

«Las mujeres asistían constantemente en busca de informaciones, a brindarse para emprender cualquier tarea o cubrir objetivos. Les decíamos que se mantuvieran vigilantes en cada cuadra, pues nosotras seguíamos custodiando las calles, sin apartarnos de la entrega de botiquines a cada delegación, pues no sabíamos hasta cuándo se estimaba necesario.

Lo cierto es que no había miedo.

La victoria

Pasaron 72 horas. Poco tiempo para sueños que se mostraban intranquilos hasta que llegó la noticia del triunfo.

«Fue a través de los medios informativos. Aquello resultó indescriptible. La gente se lanzó a las calles con vítores y consignas. Vilma llamó interesándose por la situación general. Ella siempre tuvo una especie de distingo con nuestra región, quizá por la tenacidad que a través de la historia hemos demostrado en la práctica.»

–¿Y cuándo las desmovilizaron?

–No hubo tregua ni reposo. Seguimos recibiendo las contribuciones, y partimos hacia el lugar de los hechos con un camión repleto de mercancías. Todavía las carreteras poseían el olor y ambiente propio de una batalla con todos sus restos. El apoyo de Arminda Cano, entonces secretaria general de la FMC en Aguada de Pasajeros, resultó extraordinario. Todavía recuerdo el ímpetu de aquella mujer. Los residentes en Girón celebraban algo que les pertenecía.

Así visitaron los hogares de los combatientes y repartían aquellos productos donados, mientras en aquel sitio, que ya entraba en la historia del mundo, permanecían los hospitales de campaña. Hombres y mujeres tendían sus brazos para donar sangre. Las nuestras también lo hicieron como gesto de hermandad y de causa compartida.

Un año después de un abril ensombrecido, Zoraida y otras villareñas retornaron a Girón para celebrar el primer aniversario de aquella lección.

«El espectáculo corrió por nuestra cuenta. Almeida nos concedió la Banda de Música del Ejército, y quedó de maravillas. Vimos a protagonistas de los sucesos, de esos que propiciaron el martillazo final, y nos reencontramos con las familias y gentes sensibles que habitaban en la Ciénaga. Lo suficiente como para darle gracias a la vida por tener el privilegio de ser testigo de una epopeya que trató de ahogar a la Patria, y en cambio les devolvió a los mercenarios su más larga pesadilla.»

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