Julio y la crónica nunca imaginada

Las personas de buen corazón no deben morir. Mucho menos a causa de una falla del miocardio. Fueron las primeras ideas que invadieron mi pensamiento mientras leía la breve oración escrita por el colega Juvenal Balán Neyra en la red social Facebook: «Falleció de un infarto Julio García Luis…esta tarde».

¡No es posible! ¡No lo creo! Dos días atrás habíamos conversado por teléfono. Estaba entusiasmado con el proyecto de investigación que juntos encauzaríamos, más por aportarle una visión bien cubana, totalmente criolla al periodismo local, que por alcanzar yo un título doctoral y él un mérito más a su condición de tutor esmerado, profesor excepcional y periodista máximo.

Cualidades bien ganadas por Julio durante sus décadas de labor profesional. Merecedor del Premio Nacional de Periodismo José Martí, que otorga la Unión de Periodistas de Cuba, y el Premio Espacio, de la Asociación Cubana de Comunicadores Sociales.

Investigar con su tutoría era un sueño forjado desde que en 1998 lo conocí personalmente. Hasta que en 2006 solo alcancé a tenerlo como oponente en mi tesis de maestría. Lo asumí orgullosa. Sus preguntas resultaron estimulantes, pues aprendí mientras elaboraba cada respuesta.

Nunca recibí sus conferencias dentro de un aula, sino en un salón de clases más amplio: la prensa cubana.

Al conocer su ética, tanto en ejercicio como por las valoraciones teóricas que hizo, me involucré mucho más en esta profesión. Con él comprobé la veracidad de una idea de nuestro José Martí que llevo en mis agendas desde la etapa estudiantil: «No debe escribir para los hombres quien no sepa amarlos».

Eso era lo que transmitía Julio a sus semejantes, colegas y discípulos: Amor, mucho amor. Así lo percibí en el mensaje que me envió desde Venezuela, a inicios del 2011: «No te preocupes Osmaira, seré tu tutor, nos ponemos de acuerdo en cuanto llegue a La Habana»

Así fue. Intercambiamos correos, llamadas… Por eso ahora tengo en mis oídos su nítida voz, fuerte, animosa…viva.

Lo escuché el martes afirmar que le agradaba la idea de venir a su Villa Clara -nació en Sagua la Grande-, invitado por la UPEC y la Asociación Cubana de Comunicadores Sociales a impartir un taller sobre cualquier tema. «Elijan ustedes -dijo- les hablaré de lo que más necesiten.»

Así de cordial era Julio García Luis. Todavía me cuesta trabajo hablar de él en pasado.

Intento dedicarle las cuartillas más decorosas de estos 14 años y cuatro meses de ejercicio periodístico. Mas, entre el dolor indescriptible que me invade y las tantas veces que repasé su libro sobre géneros de opinión, se me hace inaceptable esta crónica que nunca imaginé.

Lea: Lápiz con punta

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