Limpiabotas: ¿dónde estás?

Osmayra1Eduardo Cárdenas Águila y Ramón Obregón León son limpiabotas desde hace más de diez años. Ambos ejercen su oficio en la ciudad de Santa Clara y se encuentran entre los 47 cuentapropistas registrados en la urbe para ejercer esta actividad.

Eduardo trabaja de vez en cuando en la calle Buen Viaje, justo a la sombra de la iglesia del mismo nombre. Dice que hay días de poca afluencia de clientes, y por eso algunas jornadas prefiere pasarlas en la casa. Entre tanto Ramón lo hace en la calle Marta Abreu, muy cerca de El Mejunje. Otros como ellos laboran en las proximidades de la terminal intermunicipal, en áreas del «Sandino», el Parque de los Mártires o por el hospital Celestino Hernández, conocido como «El viejo».

En la mañana del lunes 23 de mayo, Eduardo y Ramón comenzaron su faena como de costumbre. El primero, a las 8:00 a.m., y pasados 30 minutos todavía no había limpiado el primer par de zapatos. Mientras que su colega Ramón amaneció una hora antes y cerca de las nueve ya habían transitado por su sillón unos cuatro clientes. Al indagar las causas de la diferencia corroboré que los precios inciden mucho.

Para Eduardo el valor de la limpieza varía según el tipo de calzado. «Cobro cinco pesos para los corte bajo, sean de niño o de mujer, y diez los corte alto, es decir las botas». Entre tanto Ramón tiene un precio fijo para todos: cinco pesos sin distinción de tamaño, forma y género.

Sin embargo, ambos coinciden en que la demanda ha mermado y ya las personas —sobre todo los hombres— no acuden al limpiabotas como en tiempos atrás.

«Hoy las personas andan en tenis, zapatillas, sandalias y chancletas», afirman. «Son los efectos de la moda», les comento.  A lo que Jorge Luis Soto Fernández, quien en el momento de mi investigación acudía a limpiarse sus zapatos con Ramón, agregó que la elegancia en el vestir también va en el tipo de calzado. Él no tiene la posibilidad de adquirir tinta y betún por la calle y prefiere acudir a los limpiabotas. Lo hace semanalmente porque le agrada tener sus botas relucientes.

«Los hombres tenemos que cuidar nuestra imagen, es algo perdido para quienes, en aras de estar a tono con las nuevas tendencias, deslucen en su vestimenta. Ya pasaron de moda los zapatos cerrados, esos botines que tanto se usaban en los 80», afirmó.

En honor a la verdad, los productos para limpiar el calzado están prácticamente desaparecidos y a veces es más viable utilizar los zapatos sintéticos que con solo agua y detergente quedan como nuevos.

Según Eduardo y Ramón, para poder trabajar ellos adquieren la materia prima en el mercado negro. A 25 pesos compran la lata de betún y a igual precio el «sábado corto» de tinta. Y es que desde hace varios años estos productos no se expenden en la red de tiendas industriales y tampoco aparecen en las Tiendas Recaudadoras de Divisas (TRD), a pesar de que no les sería rentable. No obstante, se conoce que los especuladores los traen desde zonas tan cercanas como Cienfuegos.

¿Por qué la industria local no se encarga de elaborarlos a mayor escala? Para la producción de betún solo se requiere de la cera, derivada de la miel de abeja, pintura negra o carmelita y aceite mineral.

La cantidad de cuentapropistas registrados como limpiabotas en Villa Clara asciende en estos momentos a 152, una decena menos que en igual período del año anterior. La disminución es ínfima, como ínfimo el pago de 20 pesos mensuales por la patente. Sin embargo, deben entregar el 10 % de lo que hacen en un año.

Si se tiene en cuenta que el promedio de ganancia diaria es de 35 a 40 pesos puede concluirse que el limpiabotas sigue siendo uno de los oficios menos atrayentes de la isla.

A diferencia de otros países, y por fortuna, aquí no lo ejercen los niños, pero sí personas de la tercera edad, jubilados en su mayoría, que encuentran en esta labor otra vía de ingresos económicos.

Valdría la pena pensar en cómo enaltecerlos para que no desaparezcan.

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