Impartir clases es un placer

Una vez graduada de Licenciatura en Matemática, en el Instituto Superior Pedagógico Félix Varela, curso 1984-1985, Omaida Chávez Estévez se fue a cumplir el servicio social a Sagua de Tánamo, específicamente al Ipuec Ismael Ricondo, en la provincia de Holguín.

«El primer año fue un poco difícil por la lejanía. Los alumnos salían de pase cada 15 días, y me quedaba sola en compañía de mi colega Delia González Abreu, quien ahora también es profesora en Báez. Luego de terminar el servicio social, por el escalafón logré obtener una plaza en la secundaria de Falcón», relata.

Omaida vivía en Caicaje, una comunidad rural distante de su centro de trabajo. Tenía que trasladarse diariamente a pie tres kilómetros.

«La entrada era a las 7:15 a.m. Un día llegué unos minutos tarde y el director me dijo: “Criolla, hay que llegar un poquito más temprano”. Yo acostumbraba levantarme a las 5:30; a partir de ese día opté por hacerlo media hora antes, y nunca más llegué tarde».

Han sido 32 años trabajando en Falcón. Primero, en la secundaria básica que ahora es el centro mixto Antonio Guiteras, porque además existe un preuniversitario. Esto le posibilitó impartirles clases a los mismos alumnos que tenía, desde séptimo grado hasta duodécimo. De tal manera se ha mantenido siete cursos en preuniversitario.

«Fui profesora general integral, los llamados PGI. Pienso que no fue una locura como algunos opinan. Impartí todas las asignaturas, menos Español. Me gustó tanto la Historia como las Matemáticas. La experiencia me ayudó a elevar la cultura general integral. Se decía que el sistema no ayudaba a enseñar a los estudiantes, pero en mi criterio eso depende del profesor».

Una de las mayores satisfacciones de Omaida ha sido preparar a los alumnos para el IPVCE y saber que de 25 alumnos aprobaron 24 la asignatura de Matemáticas.

«Transitar con los alumnos es muy bueno, porque conoces las carencias personales y académicas. Algunos alumnos imponen retos para poder motivarlos. Hay que trabajar para que no se queden detrás. Ahora imparto el duodécimo grado, un grupo académicamente muy bueno cuya familia muestra un gran interés. El cariño de los alumnos no se supera con nada. Me ven como su segunda mamá. A menudo me encuentro estudiantes en diferentes lugares y me satisface que me recuerden como su profesora».

Omaida reconoce que imparte una asignatura de no es del agrado de muchos. Siempre a inicios de curso hace un diagnóstico y son pocos a los que les gusta la Matemática.

«A medida que tienen conocimiento y van aprendiendo, buscas alternativas y logras que sean más los interesados en la asignatura. Además, para mí es un placer impartir clases. Pasé mucho sacrificio para poder llegar. Recuerdo a mi profesor de  grado 12 que me enseñó a dar todo de mí para llegar a ser lo que soy. La Matemática no es leer, es buscar habilidades, y eso se alcanza haciendo ejercicios».

La geometría plana le dio trabajo, le exigió mucho y tuvo que prepararse bien. Prefiere el álgebra y la aritmética. Pero gracias a su empeño cotidiano, Falcón hoy cuenta con varios jóvenes matriculados en la universidad, y la gran alegría de Omaida es que lo hacen en las carreras que siempre prefirieron.

«No merezco tantos reconocimientos. En 2010 recibí la Medalla por la Educación Cubana, y ahora fue una sorpresa recibir el Premio Especial del Mined. Creo que haya sido por el aporte que he brindado a la educación cubana, a la formación de nuevos profesionales. Muchos de mis alumnos son hijos de quienes antes fueron mis educandos», concluye emocionada.

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