Darilys: todos te quieren tanto

La taza de café no podía faltar entre nosotras, en un desafío absoluto a las gastritis que compartíamos. Hoy pagas tú, mañana pago yo… yo pago siempre, tú pagas siempre. Cada tarde en el mismo lugar, y jurábamos sin decirlo literalmente permanecer juntas en el mejor periódico del mundo, ese que nos tragaba el alma cuando una coma salía desajustada, o las metáforas sobrevolaban el raciocinio periodístico o los tachones se hacían omnipresentes en las planas revisadas.

Darilys Reyes Sánchez estaba y está por todas partes. En los textos por venir, en las madrugadas de la Editora, en las calles de Cienfuegos, en el mar que choca contra los muros, en el Este y el Oeste, en el Sur y el Norte, en la computadora vacía… en el teclado que suena porque ella siempre quiso que sonara.

La taza de café no podía faltar entre nosotras, porque como mismo ella decía, todo periodista de respeto debía tomarlo para digerir el día, para tener calma en el pensamiento, para ordenar las estadísticas, para enderezar las palabras o el dolor. Ella lo decía y bebíamos en una especie de pacto sanguíneo de seguir el camino…, porque “esa será nuestra huella y es lo que mejor sabemos hacer”, repetía una y otra vez para que los demás se lo creyeran también, ella jamás lo dudó.

Siempre huyendo de los verbos nominales, de la estupidez de los adjetivos y de los símiles fáciles. Siempre aferrada a los dos puntos, “para ser directa, para que me entiendan mejor”. Siempre con la crónica en la cabeza, esa que del primer pujo salía casi impecable para luego colgarla en el muro de Facebook y así actualizar sobre su manada de Elefantes. ¡Oh, esos Elefantes que era todo en medio del pecho!

Darilys Reyes Sánchez estaba y está por todas partes. En las caricaturas de Villafaña, en los archivos de Yuri, en la mesa de Mercy, en las informaciones de Magalys, en las correcciones de Roberto, en las columnas de un periódico, en el silencio de una redacción que muere sin su olor.

La taza de café no podía faltar entre nosotras y con ellas en las manos celebrábamos los tantos premios que recibía, el último artículo publicado, las estrofas de una poesía descubierta, las defensas de nuestras Maestrías, el notición de que su libro saldría antes de que el año quedara en el pasado. Celebrábamos porque nunca faltó el motivo para celebrar…, porque nuestros hijos serían amigos y, quizás, hasta periodistas.

Darilys Reyes Sánchez estaba y está dondequiera que se abra una agenda periodística. Allí cuando el reportero empieza a cuestionar, a investigar para luego digerirlo y sacarlo a la luz pública. Allí donde el periodismo es amor y no un mero oficio de soldados cuartilleros. Allí donde el teletrabajo abruma porque no deja pensar en equipo, porque se extraña el revoleteo de ideas, el debate sentido de todos sobre el podio de la palabra.

“Me tiene fundida el teletrabajo este, no adelanto nada acá… y estas cuatro paredes…”, me escribió la semana pasada. Y allá fuimos para romper las normas y desterrar esa disposición de nuestras vidas, y volvimos para el periódico porque allí las palabras fluyen tan esencialmente dignas, tan esencialmente bellas.

La taza de café no podía faltar entre nosotras, como tampoco el ritual de comprarles a nuestras madres una blusa idéntica el día que nos tocaba el módulo de ropa, allá en la tienda donde siempre llegabas tarde, pero que no importaba porque todos te daban el hueco para que no llegaras tarde al encuentro con Samuel.

Darilys Reyes Sánchez estaba y está por todas partes, más allá del fatídico accidente, más allá del luto hondo que pende sobre nuestras cabezas. Yo empiezo a revivirte… y te escucho diciéndome: “es que me quieres tanto”. No yo, todos te quieren tanto.

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