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Mami es periodista

Le debía esta crónica a mis colegas por el Día de las Madres, mas, el segundo domingo de mayo lo dedique a otros asuntos. Ahora se la ofrezco como regalo a nuestros hijas e hijos, por el Día Internacional de la Infancia.

Cualquier semejanza con la realidad es pura realidad.

Antes de aprender a hablar supe que los libros de mamá no se tocan. Comencé a gatear y a su vez el grito de: «¡Cuidado, por ahí no!» se hizo asiduo. Incluso cuando ya caminaba a solas, no dejaban de hacer la advertencia. No lo entendía bien, pero en un desliz podía derrumbar una montaña de papeles.

Caricatura: Roland

El tiqui taca de una máquina de escribir fue la mejor canción de cuna. Creo que en mi infancia no existió siesta más placentera que aquellas donde alcancé el dulce embeleso entre los butacones de una redacción periodística y al compás de las teclas de una Robotron.

De reuniones en reuniones, trascurrieron mis ratos de distracción. Jugar, cuando los debates de las asambleas se ponían buenos, llegó a ser muy divertido. Mucho más lo fue garabatear agendas. O corretear por delante de una mesa, mientras la presidencia hablaba. Dicen que en una de esas andanzas poco faltó para tirar al suelo todos los micrófonos.

Crecí escuchando la palabra cobertura como algo normal. Aunque al mismo tiempo implicara dejar de pasear los sábados y domingos. Incluso, dormir en los brazos de papá o alguno de mis abuelos, pues los de mami andaban «cazando» noticias. Sigue leyendo

Se llamaba Herácleo, pero yo le decía Heráclito

Por Mercedes Rodríguez García

Últimamente los homenajes llegan tarde, cual aves agoreras. Así que yo preferiría que nunca sucedieran o que los planificaran en plena salud y facultades de los posibles homenajeados. Otras veces se planifican y poseen una intención marcada, bien desagravio, bien de exordio promocional.

En el caso de Herácleo Lazco García, colega matancero fallecido el pasado viernes 11 de marzo, era gente tan sencilla y bondadosa que no sé si alguna vez se detuvo a pensar en los homenajes a su persona. Tampoco en lo urgente que ya le resultaba dedicarse más tiempo y cuidado a él, y no tanto a los demás.

A Herácleo, lo conocí de «verdad» en el año 2001, en la Escuela Superior del Partido Ñico López, en Ciudad Habana. Desde entonces y hasta el último día que nos vimos, en la premiación de la edición 2010 del Concurso Periodístico 26 de Julio, le llamé Heráclito, como el griego que sostenía que el fuego era el origen primordial de la materia y que el mundo entero se encontraba en un estado constante de cambio.

Por supuesto, el cambio de patronímico nada tenía que ver con el misántropo de Efeso, cuya vida solitaria y misantrópica filosofía le valieron el apelativo de «el oscuro». Se trataba de una simple asociación fónica por la cual jamás se molestó, aunque cada vez que le llamaba como tal me rectificaba deletreándome dos veces su nombre: «He-rá-cleo… He-rá-cleo…»

La remembranza data de uno de aquellos 30 días de estudiantes en un curso de postgrado sobre política y cultura, caminando  hacia la cafería más próxima:

Le decía: «Ya te bauticé Heráclito, y así te quedas, porque de Heracleo (hercúleo) no tienes nada». Era frágil y diminuto como una espiga. Sigue leyendo